El rechazo a las situaciones dolorosas y la incapacidad de sentir placer

imagen 1.jpg

Nuestra cultura occidental nos moldea para evitar el dolor.

Desde pequeños nos enseñan que si sentimos dolor tenemos que tomar un analgésico y más adelante, como adultos, cuando nos enfrentamos a alguna emoción desagradable, inmediatamente intentamos anularla tomando algún psicofármaco, aunque algunos prefieren “beber para olvidar”.

El desafío para la mayoría de las personas es cómo practicar la aceptación radical de lo que es, aunque sea doloroso.

Aceptación

La aceptación radical implica asumir la vida tal cual es, aceptando que la realidad a veces nos resultará agradable y otras veces será frustrante.

Aceptación no es, en modo alguno, sinónimo de resignación.

Si aceptamos una situación negativa que sabemos no está a nuestro alcance modificarla, sea porque en el momento no estamos en condiciones de hacerlo o porque no depende de nosotros, no implica que nos estemos resignando a la inacción.

La aceptación tampoco es sinónimo de tolerancia.

La tolerancia implica siempre un juicio de valor acerca de lo que nos sucede.

Por el contrario, la aceptación es incondicional e implica la ausencia de juicios de valor. Lo que me resulta doloroso no es ni bueno ni malo. Simplemente es.

Se trata de tomar conciencia de lo que nos molesta, para lo cual lo que debemos hacer es no evitarlo, y centrarnos en lo que podemos hacer para modificarlo.

La aceptación del dolor nos transforma en seres más flexibles y creativos, y nos enseña a adaptarnos a una realidad que no podemos controlar a nuestro antojo.

Si evitamos el dolor nos cerramos emocional y físicamente a la realidad. Y, por lo tanto, nos cerramos también a la posibilidad de sentir placer.

Dolor y placer

Comprender la relación simbiótica entre el dolor y el placer puede ayudarnos a aceptar todas nuestras emociones.

Y eso nos conduce a mejorar nuestra capacidad de experimentar placer a largo plazo.

Estamos diseñados para sentir, tanto el dolor como el placer, visceralmente porque ambos están interconectados en el cerebro y funcionan como señales que captan nuestra atención, incitándonos a satisfacer nuestras necesidades y evitar posibles daños.

El dolor funciona como información de supervivencia para que nuestro cerebro libere sustancias inhibidoras del dolor, como las endorfinas, que nos ayudan a sentirnos bien.

Las endorfinas y las encefalinas son péptidos que activan endógenamente los receptores opioides en el cerebro y nos producen placer y sensación de bienestar.

La negación del dolor, que es una característica de nuestra cultura en la actualidad, nos ha conducido a la anhedonia, embotándonos emocionalmente y limitando nuestra capacidad para la alegría.

Revirtiendo nuestra actitud ante el dolor

Si comenzamos a aplicar la aceptación incondicional de nuestra vida, dejamos de evitar lo que nos causa dolor y lo que nos frustra, y enfrentamos la realidad tal como es, podemos estar iniciando el camino hacia el placer auténtico.

Necesitamos poder sentir, de manera igualmente intensa, el dolor y el placer, para mantener nuestro cerebro y nuestro cuerpo en equilibrio y lograr que nuestras vidas sean más felices.

Responder

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.


  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Allowed HTML tags: <a> <em> <strong> <cite> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato